Wednesday, October 21, 2009

Barcelona no tiene paraguas (han cambiado los taxis)


No estamos preparados para la lluvia. Como si nos sumiera en un laberinto caótico la ciudad se colapsa los días de tormenta. Barcelona no tiene paraguas. Debe estar de vacaciones junto con el de otra mucha gente, a razón de la gran cantidad de personas que he visto comprar paraguas en plena calle esta mañana. En algún lugar descansarán todos juntitos, los largos y los más bajitos, los de botón automático y los que te obligan a estirar el brazo y mover músculos que llevaban meses sin moverse, justo desde la última vez que llovió. También estarán los de estampados escoceses, y los de topos, y los de colores chillones, aunque quién debe mandar son los negros. Es de las pocas sociedades donde sucede, ¡se margina al blanco! ¡Black Power!. Estoy convencido que la jerarquía de los paraguas establece que los mandamases sean los típicos paraguas negros alargados con pico de aluminio y mango de madera, no tengo ninguna duda. La pregunta es, ¿ a dónde van los paraguas de vacaciones? ¿a la playa o la montaña? ¿prefieren la Riviera Maya tumbados al sol o Londres nublado? Hay quién me ha comentado que ellos trabajan cuando llueve por tanto prefieren playa, otros, sin embargo, argumentan que ellos disfrutan cuando caen cuatro gotas y que se sienten útiles, por tanto, prefieren huir a lugares húmedos y tormentosos. El caso es que por ahí andarán. Todos salvo los lisiados, quién no tiene uno, que tienen que quedarse en casa. Es mi caso. Hoy al ver que llovía he ido corriendo a buscar mi querido y abandonado paraguas, y al abrirlo…zas! Dos puntas que se han salido de la funda! Con lo que tenía dos opciones, o dejarlo estar y comprarme otro, o aprovechar y sacarle un ojo, como quien no quiere la cosa, a cualquiera de los viandantes que pasaran por mi lado. A pesar de que soy una persona poco social finalmente he decidido coger el coche. En el trayecto hasta el parking me he dado cuenta que mis bambas tampoco están hechas para la lluvia, de tanta agua que he absorbido tengo el dedo pequeño del pie izquierdo resfriado. Le he puesto una tirita con algodón a modo de bufanda y le he dado un Frenadol. Una vez en el coche resulta que la goma del limpiaparabrisas ha decidido imitar a LocoMía: salirse de la línea, moverse alocadamente por todo el cristal y consecuentemente, dar un por culo que no veas. (Disculpad la grosería, pero venía al caso para la comparación). Así que he reafirmado la teoría de que no estamos preparados para la lluvia. Más aún cuando he tardado una hora y media en hacer un trayecto para el cuál normalmente dedico no más de 20 minutos, e incluso menos por la hora que era. A partir de las 9.30, cuando la gente ya ha llegado a sus correspondientes trabajos y ha dejado a los niños en el colegio la hora punta finaliza y las calles son un paraíso donde poder conducir plácidamente. Pero hoy no ha sido así. Y es que como os he dicho, Barcelona no tiene paraguas y se sume en el más desastroso de los caos cuando llueve. En el atasco me ha sorprendido la duda que quiero dejar aquí como reflexión final. Diminuto e insignificante entre la muchedumbre, bajo una lluvia incesante y húmeda (es lo que tiene la lluvia), he mirado a través del cristal mojado a derecha e izquierda y he pensado: “De aquí a 30 minutos farà 30 minutos que estoy llegando tarde, pero… toda esta gente debe estar llegando tarde también a algún sitio, ¿no?”